Crisis climática: ¿puede salvarnos el diseño?

Columna de opinión de nuestra decano Alejandra Amenábar publicada en el diario El Mercurio, el 2 de octubre de 2019.

La Cumbre de la ONU sobre la Acción Climática ha reunido a los líderes mundiales para proponer líneas de acción frente a la crisis que afecta al planeta y cuyas consecuencias son inciertas y preocupantes. Además de esto, para visibilizar este problema, jóvenes de todo el mundo han realizado un llamado para que el mundo político y empresarial tome medidas enérgicas para detener a tiempo esta situación.

En este contexto, ha adquirido mucha fuerza la frase “¿puede salvarnos el diseño?”, publicada dos veces en la portada del New York Times, y que debería hacer reflexionar a los diseñadores sobre nuestro rol, responsabilidad y aporte al manejo de esta crisis.

Reflexionar, porque la crisis es responsabilidad de todos, no únicamente de nuestros líderes. Reflexionar, porque ya conocemos las escalofriantes cifras del calentamiento global, de escasez de agua, de contaminación en los océanos, entre otras. Hasta ahora el llamado es a tomar conciencia de dichos números, pero no a promover la acción, y es hora de actuar.

¿Qué tan distante es la mirada chilena frente a las problemáticas que están afectando a nuestro planeta?

Según la ministra sueca de Medio Ambiente, Isabella Lövin, los países nórdicos deben liderar la lucha global contra el cambio climático, ya que han demostrado que es posible reducir las emisiones contaminantes sin renunciar a mejorar la calidad de vida de las personas.

En Chile, la Política Nacional de Energía fijó como meta para 2050 la adopción de los más altos estándares internacionales sobre eficiencia energética en los medios de transporte. Sin embargo, deberíamos acercarnos más a los plazos propuestos por países como Noruega (2030) o Finlandia (2035).

Esta discusión es muy relevante para nuestro país, ya que este año será sede de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, más conocida como COP25.

Hoy no hay otra opción que replantearse realidades que hasta ayer nos parecían obvias, como el ejercicio de nuestras profesiones. ¿Seguirá el diseño encasillado como una disciplina que solo brinda belleza a objetos, para ser consumidos masivamente? Parece muy poco pertinente en un mundo donde lo que más sobra es lo desechable.

El diseño se ha ido posicionando como una disciplina capaz de catalizar el cambio y responder a problemas sociales complejos o “perversos” (wicked problems), término descrito por Rittel y Webber en 1973, que identifica temas complejos, interconectados y siempre cambiantes, para los cuales una solución única es imposible.

Como resultado, los diseñadores hoy se encargan de abordar temas estrechamente relacionados con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas (ONU): escasez de viviendas, calidad del aire, el agua y la salud, etcétera.

Eso premia el galardón más importante del mundo en diseño sustentable: el Index Design Award, “el Nobel del Diseño”, que fue entregado el 6 de septiembre en Dinamarca, su país de origen, y del que tengo el honor de ser jurado. Dos chilenos jugaron un rol importante en este certamen: Amalia Cubillos y Mario Soto fueron parte de los 45 finalistas, elegidos entre más de 1.800 proyectos de todo el mundo.

Una de las ganadoras fue la biodiseñadora Natsai Audrey Chieza, cuyo proyecto Coelicolor permite teñir telas de colores con 500 veces menos agua que lo que se utiliza en la industria. Su propuesta es relevante porque, según datos de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD),  la industria de la moda emite más gases de efecto invernadero que todos los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinados, y porque cada segundo se envía a un vertedero un volumen de ropa equivalente a un camión de basura. Gracias a nuestras modernas lavadoras, la ropa contamina el océano con microfibras que equivalen a, aproximadamente, 50 millones de botellas de plástico al año.

Otro de los ganadores fue Piscis, de Tecnologías SafetyNet, que emite luz led para atraer a ciertos peces y repeler a los que no sean objetivo de la captura comercial. Una muestra clara del impacto que puede tener el diseño, ya que la sobrepesca y la captura incidental son problemas globales masivos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre el 8% y el 25% de las especies que se pescan son descartadas, lo que se traduce en un desperdicio de 27 millones de toneladas de peces cada año.

¿No será hora de que los tomadores de decisión incluyan a los diseñadores como eslabones clave para buscar soluciones a los problemas de salud, vivienda, pobreza y medio ambiente? El tiempo se agota. Y el minuto de sumar a los creativos es ahora.

Alejandra Amenábar
Decano Facultad de Diseño
Universidad del Desarrollo

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